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“Cuando la guerra sube el precio del estanque: el lado oculto del MEPCO”

Hay cosas que uno no ve, pero que están ahí, operando en silencio.

Como ese número que cambia en la pizarra de la bencinera y que, sin pedir permiso, se mete en la conversación familiar, en el presupuesto mensual, en la decisión de si se viaja o no el fin de semana.

Chile no produce petróleo. Y esa sola frase explica mucho más de lo que parece. Somos un país que depende de lo que ocurre lejos, muy lejos, en territorios donde el desierto convive con pozos de crudo y donde la estabilidad política es, muchas veces, frágil.

Cuando el Medio Oriente se tensiona, cuando los conflictos escalan, cuando la incertidumbre se instala, el petróleo reacciona. Y cuando el petróleo reacciona, el mundo completo lo siente.

También Valdivia.

También Los Ríos.

También usted, cuando llega a cargar combustible.


En medio de ese escenario, hay una especie de “mecanismo de contención”, una herramienta técnica que no suele aparecer en la conversación cotidiana, pero que está ahí, funcionando como una mano invisible que intenta suavizar el golpe.

Se llama MEPCO.

Nació en 2014, en un momento en que el país entendió que no podía seguir expuesto, sin protección, a las bruscas variaciones del mercado internacional. Porque el problema no es solo que suba el precio. El problema es cuando sube de golpe, cuando la economía no alcanza a reaccionar, cuando el impacto es inmediato y profundo.

El MEPCO no hace magia. No baja el precio de la bencina por sí solo. Lo que hace es algo más modesto, pero no por eso menos importante: evita que los cambios sean abruptos.

Cuando el petróleo sube fuerte, el Estado interviene reduciendo parte del impuesto específico, como quien amortigua una caída. Y cuando el precio baja, recupera ese esfuerzo.

Es, en esencia, una forma de comprar tiempo.

Tiempo para que el impacto no sea tan violento.
Tiempo para que las familias puedan adaptarse.
Tiempo para que la economía respire.


Pero el tiempo también cuesta.

Hoy, en medio de un escenario internacional complejo, con conflictos activos en zonas clave para la producción de petróleo, el MEPCO se ha transformado en una carga fiscal relevante. Se habla de decenas de millones de dólares semanales destinados a sostener este equilibrio.

Y ahí aparece la tensión.

Porque mientras el mecanismo protege a las personas, también presiona las finanzas del Estado. Y la pregunta, inevitable, comienza a instalarse: ¿es sostenible en el tiempo?


Lo que ocurre en Medio Oriente no es una noticia lejana. No es solo geopolítica para expertos. Es, en la práctica, un factor que determina cuánto cuesta movilizarse, cuánto suben los alimentos, cuánto se encarece la vida.

El petróleo sigue siendo el corazón energético del mundo.

Y Chile, aunque ha avanzado en energías renovables, sigue dependiendo de él para una parte importante de su funcionamiento diario.


Quizás ahí está el punto más profundo de esta historia.

El MEPCO no es el problema. Es la respuesta.

Una respuesta inteligente, sí. Necesaria, también. Pero que evidencia una fragilidad mayor: nuestra dependencia de un recurso que no controlamos, que viene de lejos y que está sujeto a variables que escapan completamente a nuestra realidad local.


En paralelo, comienzan a abrirse otras rutas.

La electromovilidad deja de ser una promesa y empieza a ser visible en las ciudades. El hidrógeno verde se instala como una posibilidad estratégica. Los biocombustibles, ligados incluso a territorios forestales como los del sur, aparecen como una alternativa con identidad local.

Son caminos que aún están en desarrollo, pero que apuntan en una dirección distinta: menos dependencia, más autonomía.


Porque al final del día, el MEPCO actúa como un escudo.

Y los escudos son útiles. Protegen. Dan tiempo. Evitan daños mayores.

Pero ningún escudo cambia la naturaleza de la batalla.

Y la verdadera discusión, la que recién comienza a tomar forma, no es cuánto más puede resistir este mecanismo, sino cuánto está dispuesto Chile a avanzar hacia un modelo energético distinto.

Uno donde el precio de la bencina no dependa, cada vez, de una guerra a miles de kilómetros de distancia.

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